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La Tormenta Afortunada.

Corría el mes de Abril del año de nuestro señor de 1587, en aquel entonces yo estaba destinado en Lisboa, como oficial de la Grande y Felicísima Armada, bajo las ordenes del almirante Álvaro de Bazán. Hacia pocas semanas que, a petición del almirante Bazán, me había integrado en la flota junto con mi amigo y compañero Miguel de Oquendo, y un nuevo y prometedor marino llamado Antonio Valverde, el cual se había destacado como suboficial en algunas empresas militares en las Indias Occidentales y que recientemente había ascendido ha oficial de cubierta de la mismísima São Martinho, nave insignia de la armada. Rápidamente nos adaptamos a la rutina de supervisar la construcción de los barcos y el reclutamiento de tripulación, sin embargo a mediados del mismo mes nos llego la noticia de que una fuerte tormenta a la altura de Galicia, había acercado a la costa a una escuadra de barcos con pabellón inglés, inmediatamente las autoridades supusieron que se trataba de una expedición de saqueo por parte de los ingleses y mandaron  un mensajero por mar a Lisboa aprovechando que la flota inglesa se estaba aun reagrupando, debido a la tormenta. Al recibir esta información el almirante Bazán, inmediatamente ordeno el despliegue de todos los barcos que estaban listos en el puerto de Lisboa, y fue a la caza de la escuadra inglesa, finalmente tras una jornada de navegación, el día 25 de Abril, nos encontramos frente a frente con la flota inglesa, la cual estaba comandada por el infame corsario Francis Drake, sin embargo, ese perro inglés encontró en nuestro buen almirante la horma de su zapato. Ambas flotas se enfrentaron durante varias horas, y pese a que he de reconocer que el corsario inglés no lo hizo mal, al final tuvo que inclinarse ante la maestría del almirante Bazán quien lo derrotó y lo mando de vuelta a Inglaterra. A raíz de esta victoria, la moral de las marineros aumento, junto con la fama del almirante Bazán, quien a partir de ese momento, recibió el sobrenombre del Almirante Imbatible, por no haber conocido nunca la derrota en el mar.

Fragmento de las memorias del Almirante Juan Martínez de Recalde, capitulo 15: El Imbatible Bazán y la Conquista de Inglaterra.

Tragedia y Esperanza.

Recuerdo el día en que mi padre me nombró heredera al trono, ya que fue el mismo día en que mi hermano murió. Fue a principios del mes de Abril del año de nuestro señor de 1593, hacia un mes que mi hermano y heredero al trono, Felipe, había enfermado gravemente. Durante aquel mes todos los médicos que estuvieron al abasto de mi padre examinaron e hicieron todo lo posible por curar a mi hermano pero a pesar de todos sus intentos, ninguno había logrado su cometido y mi hermano no paraba de empeorar. Al final los propios médicos tuvieron que decirle a mi padre la trágica verdad, el príncipe estaba condenado y le quedaban como mucho semanas de vida. Durante aquellas semanas que se hicieron eternas hice compañía a mi hermano en muchas ocasiones a pesar deberes cotidianos como secretaria de mi padre, incluso mi padre conocido por ser hombre bastante ocupado, debido a sus deberes como monarca, visito a mi hermano varias veces para hacerle compañía. Aquellas visitas alegraron los últimos días de mi hermano, que consiente de su situación, llegó a renunciar a sus derechos sucesorios a la corona en mi favor, por supuesto la aquella renuncia no se hizo valida hasta después de la muerte de mi hermano, pero ayudo a que posteriormente las cortes me reconocieran como sucesora, cosa por la cual siempre le estaré agradecida. Finalmente tras semanas de convalecencia, mi hermano murió apaciblemente mientras dormía, cuando mi padre y yo nos enteramos, no pude evitar llorar, incluso mi padre, quien tenía la mala fama de ser un hombre serio e indolente,  lloro amargamente al ver el cuerpo sin vida de su último hijo varón, recuerdo que lo abrace y que estuvimos llorando juntos durante unos minutos que me parecieron horas. Finalmente cuando nos separamos, mi padre me miró y intentando forzar una sonrisa me dijo - Isabel, a partir de hoy serás mi heredera, y pronto vas ha ser la soberana del mayor imperio de la tierra, pero a pesar de los tiempos duros que se te aguardan, tengo esperanzas en ti, ya que por fin he entendido que Dios te ha elegido para ser reina y hacer grandes cosas - Tras acabar de decir lo siguiente, me abrazó y volvimos a quedarnos así unos instantes. En aquel momento no entendí hasta que punto tenia razón mi padre, sin embargo el tiempo acabaría por dársela. Tres meses después las Cortes me reconocieron como princesa de Asturias y heredera universal al trono de Felipe II.

Fragmento de las Memorias de la reina Isabel II, capítulo 17: La Tristeza y la Esperanza.

Notas

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