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Las guerras sucesorias carolingias fueron una serie de enfrentamientos militares entre las distintas facciones de la dinastía carolingia por obtener el trono imperial; comenzaron tras la muerte de Luis I en 889 sin dejar herederos, aunque sus antecedentes pueden hallarse en el reinado de su padre, el emperador Carlos III.

Carlomagno había dotado a su imperio de un gobernante capaz de ocupar su puesto, Carlos II, que supo conciliar las posiciones y hacer valer su voluntad sobre todos los nobles y jerarcas en la monarquía carolingia; sin embargo, poco pudo hacer para conseguir una estructura política y administrativa que requiriera de una figura fuerte como Emperador, debiéndose siempre de la lealtad de sus vasallos para mantener la estabilidad del Imperio.

Tras su muerte y el reinado de sus dos sucesores (Pipino I y Carlos III), el país se sumó en el caos ante el débil reinado de Luis el Exánime, que se vio fuertemente influenciado por la nobleza y el alto clero, a los cuales concedió honores y privilegios; esto cambiaría con el reinado de su tío, Carlomán I, que desatendió a este grupo y buscó centralizar a un más la administración.

Durante todo el conflicto el imperio se dividió en dos grandes grupos: aquellos que estaban a favor del aumento de privilegios de la nobleza y los que se oponían rotundamente a esta (y que protegían, en cambio, la figura dominante del Emperador). Al final vencería el último bando, con la firma del Tratado de Lyon de 935 y el entronamiento de Luis V al año siguiente.

Preámbulo: Carlos III (876-886)

Carlos III procuro mantener una política conciliadora para asegurar la paz dentro del Imperio carolingio, enfrentandose a una nobleza y un ejército deseosos de mayores privilegios. En primera instancia trato de aliarse con su primo Luis III de Italia, que había erradicado con éxito la rebelión condal lombarda de 875 (primer año de su reinado), pero conocedor de las pretensiones de Luis sobre Sajonia (regida por su hermano Carlomán), decidió estrechar lazos con su tío Carlos I de Provenza, que tras fallecer en 877, se aseguró de que su heredero, Luis I, mantuviese la amistad con el gobierno de Aquisgrán.

Las querellas en la corte del Emperador parecieron suavizarse tras la decisiva victoria de Carlos III frente a los invasores vikingos en la batalla de Ruan (agosto de 879), que consiguieron elevar la estima que la nobleza del imperio tenía en él; sin embargo, la suerte de Carlos no perduraría bastante, pues solo ocho meses después (abril de 880) tendría combatir una rebelión en el Condado de Barcelona, que conseguiría erradicar tras quince meses de combate, y que con la firma del Tratado de Toulosse dejo en claro que el imperio no estaba preparado para hacer frente a guerras civiles de alta magnitud.

A partir de lo ocurrido en Cataluña, Carlos III intentó reformar la hacienda y el ejército, con la intención de aumentar la cantidad de tropas permanentes sin tener que afectar demasiado las finanzas del Estado: dedujo que para ello era necesario aumentar los impuestos y persuadir a los feudos de aprovechar al máximo los recursos, lo cual solo trajo consecuencias negativas para el imperio (crisis financiera, revueltas en los feudos, intransigencia de los condes sajones, entre otras).

Viendo que las reformas eran impopulares, el Emperador las abolió y se limitó a incentivar la agricultura y el comercio exterior (especialmente con el reino de Mercia y los estados vasallos del imperio), con lo que la paz regresó, pero no consiguió contentar a la nobleza, que en repetidas ocasiones se negó a seguir los ordenamientos de Carlos.

Esta situación empeoró después de que Carlos cayera gravemente enfermo en el invierno de 885, puesto que con una imagen debil y opaca  era más sencillo para la alta nobleza convencer a los condes y señores del imperio que era necesario atribuir mayores facultades a su clase, para asegurar una eficaz intermediación entre ellos y el Emperador. Para suerte de estos, el sucesor de Carlos, el príncipe Luis, era joven y fácil de persuadir, con lo que les fue sencillo asegurar que bajo su reinado conseguirían los privilegios que no alcanzaron durante el mandato de su antecesor.

Carlos III falleció el 6 de noviembre de 885, siendo su hijo Luis proclamado Rey de Frankia, de Neustria, de Austrasia, de Borgoña y de los Romanos.

Luis I: Rebelión bávara y sucesión

Luis fue coronado como Emperador el 5 de abril de 886 por el papa Esteban V, en Roma, bajo un ambiente auspicioso y de intrigas políticas: la Iglesia pactó con Guido, duque de Spoleto, y Carlomán I, rey de Sajonia y tío del Emperador, para asegurar su posición dentro de la administración carolingia, buscando mayor autonomía del gobierno de Aquisgrán (sobre todo en los asuntos concernientes al reconocimiento de nobles, que para el momento era virtud del Emperador nombrarlos, sin necesidad de recurrir al Papado).

Las grandes reformas causaron una reacción violenta por parte de la realeza carolingia, que veía bajo amenaza su potestad sobre sus vasallos; bajo este clima es que Arnulfo I de Baviera toma las armas contra su homólogo sajón (que extendió sus dominios y modificó su residencia a Colonia, a unos cuantos kilómetros de la corte imperial ubicada en Aquisgrán), alineandose con el rey Hugo I de Aquitania (cuyo papel fue vital en la campaña italiana contra los Spoleto).

Si bien Luis trató de mantenerse neutral sobre el conflicto entre reyes, fue claro su acercamiento con el bando italo-sajón al ordenar el envío de 15,000 soldados en favor de su tío Carlomán y 8,000 en apoyo al duque de Spoleto. Pero a pesar de la ayuda imperial, Arnulfo ocupó la plaza de Estrasburgo el 31 de enero de 888, mientras Hugo el Aquitano capturó Pavía (capital del reino de Italia) el 16 de febrero, y mantuvo bajo su custodia al rey Carlos I (con apenas 9 años, y que al cumplir la mayoría de edad mantendría su lealtad al bando de su tío).

Ante las enormes derrotas que sufrió el bando sajón, el Emperador se limitó a brindar apoyos económicos a la causa de Carlomán, que no evitaron la victoria bávara en la batalla de Metz en octubre de 888, cuyo resultado desembocó en el Tratado de Reims, que retiraba las reformas sobre la nobleza y el clero en Baviera y Aquitania.

Rebelión de Aquitania

Año de los Tres Emperadores

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